Estando en el hospital acompañando a un amigo me fije en la cantidad de personas, sobre todo de avanzada edad, apostadas en los asientos, cuerpo firme, mirada perdida y con visibles síntomas de miedo a lo que vendrá, la peor de las enfermedades. Miedo a la muerte, a morir, ese irracional, pero por otra parte, universal miedo que todos, en el fondo de nuestro ser padecemos y que por más que lo intentemos, la cura no está entre 4 blancas paredes ni en los cuidados de los blancos ángeles protectores.
Es curioso enfrentarse a la perspectiva de la muerte desde un punto de vista veinteañero, despreocupado, lleno de sueños y aspiraciones, para el cual, la muerte es el final del camino, si, pero un camino larguísimo. En cambio cuando ya has gastado todas tus cartas, eso de acabar, supongo que tendrá un sentido diferente, un sentido más real, un sentido de descanso.
Pero independientemente de la edad y del punto de vista que se tenga, observando un poco lo que queda patente es que, a lo largo de los siglos el ser humano siempre ha intentado eludir la muerte, aferrándose a mitos sobre aguas de vida eterna, piedras que conceden inmortalidad, dioses benevolentes que la ofrecen por módicos precios… Ahora en cambio, nosotros, que nos consideramos superiores en todos los aspectos y muy diferentes en cuanto a mentalidad, seguimos aferrándonos a esta idea de inmortalidad, pero esta vez, nos esclavizamos voluntariamente a la técnica y nos encadenamos a las maquinas, esperando así que, como dioses antiguos, nos regalen esa inmortalidad que creemos merecer.
Y todo esto, ¿Para qué? Para volver humillados al mismo sitio de donde vinimos, a la naturaleza, porque el polvo es polvo, y los sueños, sueños son. Y ella se encarga de recordarnos que toda lucha en contra del tiempo, es tiempo perdido, una guerra que no se puede ganar (y que deja cicatrices en forma de arrugas) y una tierra que no se puede conquistar. Porque el tiempo es inexorable, y la naturaleza también.
Atrás quedaron los tiempos donde la meta del ser humano era comer para sobrevivir. Una vez conquistada la vida, ahora, arrogantes de nosotros, pretendemos conquistar la muerte, el último obstáculo del hombre actual. Pues bien, quizá será hora de detenerse en medio del frenético y continúo ruido, y observar, recordando así de dónde venimos y a donde vamos, esas dos preguntas tan egocéntrica, propias del ser humano. Para mí, un humilde escriba, estas preguntas tienen una única respuesta: venimos de la naturaleza y vamos a parar a ella. Eso es todo, simple, llano, y sin metáforas. Pura objetividad. No hay fines superiores a ella, solo una vana ilusión de superioridad de unos seres que, aunque maravillosos, a la vez estúpidos y ególatras.
Porque solo una vez el hijo tuvo un fin superior que la madre. Porque no deberíamos pretender cambiar una ecuación que lleva funcionando y dando resultados 13700 millones de años. Porque si no somos, quizás no deberíamos ser. Porque quizá no estemos hechos para durar tanto como las pilas. Porque quizá sea mejor así.
se borro mi comentario...
ResponderEliminarme gusta mucho tu entrada.