lunes, 13 de junio de 2011

Un buen día

Qué gusto da llegar a casa después de un largo y duro día de trabajo. Aparcar el coche al lado del otro, sabiendo que tu mujer estará en casa con una sonrisa que dice amor, llamar al perro con el casual tintineo de las llaves de casa al sacarlas del bolsillo y entrar. Entrar en mi pequeño pais donde no hay otro gobierno que el amor, ni otra moneda más que una sonrisa. Esto es vida después de una agotadora jornada en la fábrica. Y la sensación de fuerza que da agarrar a tus dos hijos, que vienen corriendo por el pasillo y saltan sobre tu machacado cuerpo para, de algún mágico modo, sanarlo con la fuerza de su juvenil saludo.
No hay nada más para mi. Es todo lo que siempre quise: trabajo, casa y alguien que me de una buena razón para levantarme cada mañana, con el pie derecho y una sonrisa en ambos lados. Y es que no hay nada mejor que cenar juntos, satisfaciendo estomago y corazón de una vez. Y que hijos y mujer te pregunten por el trabajo, y revivir la agotadora jornada ahora pasa a ser una mera anecdota del día día, con sus pequeños golpes de gracia, y algún que otro de cabeza, contra esa maldita estantería demasiado baja encima del sillón del despacho.
Definitivamente, me he ganado esta vida. Trabajo duro y eficaz, para darle lo mejor a mi familia. Por mucho que diga ese currela que tuve que despedir hoy. Porque cómo se le ocurre dormirse en la cadena, y aún tiene la desfachatez de decirme que tiene familia, que necesita el trabajo y se pasó la noche en vela porque su niña no llegaba de marcha... por favor. Si tan importante es para ti trabajar, le dije, será mejor que lo pongas en tus prioridades, y no te traigas tus problemas al trabajo. Así es como llegué yo a donde estoy, qué se cree. También mi padre era campesino, pero arriesgué desde joven todo mi dinero, y mira ahora.
Pero menos mal que esta gente no sabe que arriesgué mucho, sí. Pero sin valor alguno. Mi primera paga es la que dio el primer paso, y así hasta hoy. Es el discurso que siempre hace callar a estos currelas que se creen igual a mi sin haber dado un palo al agua en mi vida. Menos mal, que no han probado nunca el dinero, y menos mal que no saben que el dinero vale nada, y que hasta aquí me ha llevado eso, nada. Que lo que me distingue de ellos es nada. Porque lo que vale, lo compartimos todos: familia, amigos... Menos mal que no saben lo poco que arriesgué, y la mayoría de ello, era suyo. Porque sí que jugué con sus sueños de prosperar, pero aposté por caballo ganador.

Menos mal que no aposté nada, y no perdí nada. Aunque sí que hay algo, pensadolo mejor. No es importante, pero quedaría como mentiroso si dijese que no perdí nada. Es solo que el dinero me quitó las ganas de cambiar, de mejorar, de vivir. Pero bueno, ¿quién no lo cambiaría por dinero?



- Si no hay platos para todos, romperemos la vajilla- Chikos del Maiz

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